Cuando positivo es negativo

Médico y enfermera de otros tiempos

La práctica de la Medicina es una profesión agradecida e ingrata a partes iguales. Cuando un paciente se acerca y, con una mirada de admiración, te da las «gracias, doctor» el sentimiento de satisfacción es indescriptible, es una de las sensaciones más bellas que he sentido jamás. Una de mis mayores alegrías es la de ver dormido a alguien a quien he recibido retorciéndose de dolor, y especialmente tiernos son los momentos en los que una palabra amable o una simple caricia dan más consuelo que el analgésico de mayor potencia.

La contra tiene muchas caras. Por una parte, están los pacientes demandantes, orgullosos y maleducados que no son capaces de ver que el que está al otro lado de la mesa ha elegido encontrarse allí voluntariamente para ponerse a su servicio, o que no valora que después de 20 horas de atención continuada, los médicos también nos cansamos.

Pero en lo que me gustaría fijarme hoy es en la comunicación de malas noticias, probablemente el momento más duro que comporta el ejercicio de nuestra carrera. Hasta la guardia del pasado domingo, mi experiencia en este campo, se había limitado a acompañar a otros colegas mientras informaban a familiares de diagnósticos adversos. Pero el último fin de semana me estrené por todo lo grande.

No creo conveniente dar muchos datos sobre el caso, pues para los que conocéis datos sobre mi labor profesional podría ser fácil trazar las identidades de los afectados, lo que supondría una lesión seria al secreto profesional. Baste con decir que me vi obligado a comunicar a un paciente que había dado positivo en el test de detección de anticuerpos contra el VIH, lo que supone un porcentaje bastante alto de posibilidades de infección por el fatal virus causante del SIDA. Por si esta sentencia no fuera suficiente, redondeé el caso cuando informé a su pareja de que era posible que también estuviese afecto.

Fue un momento verdaderamente terrible. En los instantes que duró la conversación, me vi obligado a mostrarme optimista y a poner yo la fuerza y la entereza que mis pacientes no estaban en condiciones de aportar. Es complicado, mucho, mantener un semblante sereno que no transmita sentimientos negativos cuando uno está entregando una más que probable condena a muerte. Y aún más cuando sabes qu, por mucho que digas, sólo el tiempo logrará la asimilación del diagnóstico.

Cuando me separé de ellos, cuando los deposité en las manos de una compañera experta en enfermedades de transmisión sexual,  toda la fachada de tranquilidad y firmeza se vino abajo. Reconozco que me mareé, que las piernas estuvieron a punto de fallarme y que se me hizo un nudo en la garganta que deseé que rompiese en lágrimas, pero que no llegó a hacerlo. Me alegré de que el pasillo estuviese solo y de poder sentarme unos minutos en una sala de espera vacía hasta recuperar la compostura.

Cuando ya casi había sepultado el caso a mi subconsciente, aplastándolo con cólicos renales y gastroenteritis que se resuelven con primperán, noté que alguien esperaba que posase mis ojos en él. Era el otro paciente, el que había estado expuesto al VIH, sin consecuencias conocidas. Venía a hablar conmigo. Me dijo sin palabras que yo le había proporcionado más confianza que mi otra compañera, o quizás simplemente fue que era yo quien había dado la noticia y eso había creado un lazo entre nosotros. Sólo buscaba una frase de aliento, una visión optimista del calvario que le quedaba por pasar hasta que se aclarase su futuro.

Es curioso, pero la breve charla que tuvimos a continuación no sólo sirvió para que él se desahogase y recibiera apoyo sin tener que revelar su problema a nadie más. De alguna forma, esa conversación me ayudó a mí también, me permitió reconciliarme con la misma profesión que tan sólo una hora antes me había hecho pasar un rato tan malo.

Dios aprieta, pero no ahoga, dicen.

Alberto Alvarez-Perea

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