Francisco Rivera, Paquirri

Francisco Rivera, Paquirri 

No soy amante de las corridas de toros, sino más bien todo lo contrario, me cuento entre aquellos que abogamos por una abolición de esta macabra costumbre. Sin embargo, Paquirri siempre ha estado rodeado de un halo de admiración en mi mente. Me pasa desde pequeño, supongo que el mitómano no se hace, sino que nace. Aquel torero jaleado por igual por hombres y mujeres despertaba en mí un interés inusitado, hasta el punto de que mis padres y abuelos tuvieron que llevarme a ver su último festejo en El Puerto de Santa María.

Fue la primera vez y la última que me acerqué a un evento de este tipo. Tengo recuerdos muy vagos de aquel día, y es que no llegaba a los tres años de edad. Mi memoria se confunde con las anécdotas que me han contado tantas veces, pero lo que sí puedo evocar claramente es la cantidad de personas que se dieron cita en la plaza y, sobre todo, la sangre. Recuerdo cuando vi que dañaban al toro y empecé a llorar. Tanto me impactó ver a aquel animal sufriendo que no pude acabar de ver el "espectáculo".

Pero no se trata de escribir un artículo antitaurino, sino de hablar de aquel Paquirri que tanto me atrajo en su momento y que aún hoy sigue haciéndolo. Supongo que su vida tiene todos los ingredientes para convertirse en la de una leyenda: belleza, sangre, sudor, lágrimas, una muerte trágica, peleas familiares y todo ello cubierto por un gran interés mediático. A lo largo de los años, la prensa se ha encargado de engordar la leyenda de Paquirri. Su viuda fue la de España, hemos visto crecer a sus hijos prácticamente en directo y durante años han repuesto aquellas agónicas imágenes en la enfermería de Pozoblanco.

Sin embargo, parece que el mito ha caído en desgracia. De un tiempo a esta parte, en los que los cotillas y chismosos dominan la televisión, además del papel cuché, se va abriendo la veda para el acoso y derribo de personajes varios, y la muerte no parece ser ningún problema a la hora de sentenciar a alguien, como bien nos han demostrado Encarna Sánchez o, en menor grado, Rocío Jurado. Ahora parece que le ha tocado a Paquirri, las diferencias entre los Rivera y los Pantoja ya no son suficientes, y hay que atacar al diestro directamente. Mujeriego, machista, desgraciado… la lista de adjetivos no para de crecer, y para avalarlos están sus propios hermanos, los que se llamaron amigos y el pintoresco grupo de víboras licenciados, o no, en periodismo que se basan en fuentes "siempre fidedignas" para contar todo tipo de confidencias.

Me molesta mucho que a aquellos que sobresalieron en vida por una cualidad inusual, ya sea matar animales, sus capacidades vocales o la belleza de su prosa, tengan que ser recordados por las nuevas generaciones por asuntos totalmente diferentes a lo que ellos hicieron para destacar, y me molesta especialmente cuando se trata de una persona hacia la que siento algún cariño, como es el caso de este torero. ¿Hasta cuando vamos a seguir permitiendo estas patentes de corso para difamar, insultar y vilipendiar? ¿Por qué no nos levantamos contra las televisiones que nos imponen este tipo de contenidos? Yo no sé ustedes, pero a mí esto ya hace tiempo que me aburrió. 

Alberto Alvarez-Perea

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