Los mejores cí³mics: The upside-down of little lady Lovekins and old man Muffaroo

Viñeta de Gustav Veerbeck 

El boca-arriba-boca-debajo de la pequeña dama Lovekins y el viejo Muffaroo puede que sea una de las series más originales producidas en los cómics.

Su andadura se originó a finales de 1903 y su clausura se produjo en los albores de 1905, llegando a publicarse un total de sesenta y cuatro páginas. Gustav Veerbeck, su autor, había nacido en 1867, y en esta serie, como en otras anteriores y posteriores de su autoría, siempre había hecho gala de una imaginación desbordante a la que únicamente se acercaría Winsor McCay, el autor de Little Nemo in Slumberland, compañero suyo del New York Herald, el dominical especializado en cómics de fantasía frente a la temática humorística imperante en el resto de los demás periódicos con cuya directriz intentaba competir.

La singularidad de The upside-down of little lady Lovekins and old man Muffaroo radicaba no sólo en mostrar un mundo de criaturas extrañas que se mezclaban con una no menos extravagante pareja de protagonistas dibujados alejándose de cánones formales establecidos, sino en su complicada estructura narrativa jamás vista en el mundo de los cómics ni antes ni después de que su creador la realizara.

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Consistía en una sucesión de seis viñetas a las que se añadía un exiguo texto mecánico que aparecía bajo el borde inferior de las mismas. Una vez acabada la lectura, la acción no concluía, algo verdaderamente extraño cuando aún los cómics no habían dado el paso hacia la continuidad, un hecho que aún tardaría algunos años en producirse cuando la aventura viniese a aposentarse dentro de sus amplios márgenes.

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Para dar solución al gag el lector del suplemento dominical debía de someter la página a un giro de ciento ochenta grados y volverla boca abajo, con lo que encontraba el final en las mismas seis viñetas que acababa de leer de manera convencional.

Con semejante estructura narrativa, imagínese el esfuerzo realizado por Veerbeck al diseñar los personajes y escenarios para que en un sentido u otro ambos fuesen verosímiles… Aún hoy, ver esa obra en las escasísimas reimpresiones que se han hecho es un placer para quien ama el cómic debido a la capacidad que tiene de producir en nosotros el efecto de un milagro cada vez que giramos una de sus páginas.

Clausurada la serie, Gustav Veerbeck creó al menos dos obras más de considerable éxito y una cierta altura: The terrors of the Tiny Tads, que se extendió desde 1905 durante una década, y The loony lyrics of Lulu, que recorrió algunos meses de 1910, sin embargo, nunca alcanzaron los niveles de originalidad de ésta. Una muestra de ello es que, como ocurrió con obras posteriores como Krazy Kat o Charlie Brown, no tuvo ni continuadores ni imitadores que se le aproximasen, por lo que sería necesario encuadrarla, como a estas dos, entre las obras eminentemente personales o los cómics de autor.

José Antonio Ortega Anguiano 

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