El Capitán Trueno y su cincuentenario

Número 1 de Aventuras Bizarras 

El próximo día 14 de mayo se cumplirán cincuenta años de la salida del primer número del Capitán Trueno al mercado. Como nos gustan los aniversarios más que a un tonto un jarrito, se han programado diversas actividades y publicaciones para festejar el evento. Una de ellas es la aparición de un libro "Capitán Trueno: 50 años en la memoria", editado por La Busca Edicions, para el que me han pedido que escriba un prólogo. Os lo reproduzco a continuación para contribuir al revuelo que se ha despertado en los últimos días con motivo del medio siglo de nuestro Capitán, oh, Capitán:

La mañana de aquel jueves iba acercándose a su fin. Tenía sed, tierra en los zapatos y el sol no me permitía terminar de abrir los ojos. Mi madre me llevaba de la mano que las bolsas dejaban libre mientras recorría los puestos con la mirada buscando algo que ya no alcanzo a recordar. En mi tierra lo llamamos “los gitanos”, era uno de esos mercados callejeros que aun hoy proliferan a lo largo y ancho de nuestro país. Uno de los recuerdos que asocio indisolublemente con mi niñez son los jueves en “los gitanos”. No me gustaba tener que pasearme entre tenderetes, sufrir pisotones y oír los reclamos de mil y un vendedores cuando podía estar en casa tranquilamente viendo a Jesús Hermida. Una de las cosas que odiaba de las vacaciones era precisamente que el colegio no me podía librar de ese suplicio.

Sin embargo, aquel día sucedió algo. Cuando el martirio tocaba a su fin, frente a nosotros apareció un puesto nuevo. No se veía a nadie gritar, y su clientela era más bien escasa. “Mira, tebeos”, dijo mi madre. Y nos acercamos a echar un vistazo. Ante mí, se amontonaban las historietas del Hombre Araña, Thor y los X-Men.

“¿Cuánto vale?”, pregunto mi madre. “Dos, veinte duros”. Ella debió ver mis ojos, abiertos como platos, porque al instante me dijo “Anda, coge dos”. Y lo hizo con ese tono, zalamero y protector, que sólo ella sabe poner, ese tono que me asegura que haría todo por mí, y me recuerda que yo también lo haría por ella. De inmediato, comencé a escrutar los títulos uno por uno. Cuando ya tenía casi decidido que sería Spiderman quien me acompañaría a casa, mi vista se cruzó con unas grandes letras de color rojo. El Capitán Trueno. En la portada, un desconocido saltaba con una espada en una mano y un cuchillo en la otra, acompañado de un niño rubio, un gigante en actitud amenazadora y una rubia cuyos ojos azules me enamoraron desde el primer momento. La decisión estaba clara, ese personaje del que tanto había oído hablar, pero al que nunca había visto, se había ganado mi confianza.

A partir de aquel momento, no he tenido una época en mi vida en el que no haya disfrutado de la compañía de las historietas del Capitán Trueno. A la de mi conciencia se sumó una voz cálida y serena que me ha aconsejado ante cualquier desafío.

Y es que El Capitán Trueno es así. Si hay algo que caracteriza a todas las historias que se recogen en este libro es que sus autores se sintieron cautivados ante el primer contacto con el personaje. Víctor Mora y Ambrós supieron imprimir en su héroe, en nuestro héroe, un carisma que sólo encontramos en grandes personajes de la cultura universal. Pocas veces un grupo de ficción se hace con la subconsciente colectivo de la forma tan rápida y permanente con la que lo consiguieron Trueno y sus amigos. Pero, como todo, este hecho no se debe a la casualidad, sino a una conjunción de factores que los autores supieron mezclar de forma magistral para llegar a todos los estratos de la sociedad. Desde los niños, a quienes iban dirigidas las aventuras originalmente, hasta los padres, que a lo largo de cincuenta años, no han tenido el menor embarazo a la hora de hurtar los tebeos a sus criaturas.

Por un lado, Miguel Ambrosio, nuestro querido Ambrós, dotó al Capitán de una cara afable al tiempo que severa. Recogió la apostura de Gary Cooper y la sonrisa de Clark Gable, hizo de él el hombre que todos quisimos ser, pero al que nadie pudo llegar. Víctor Mora, por su parte, le concedió un nombre rotundo y las cualidades de los héroes clásicos: sabiduría, fortaleza y un gran corazón. Entre los dos, hicieron persona a Adonis, humanizaron al héroe y subieron el listón a todos los que vendrían después.

Pero Trueno no habría sido nadie si no hubiese tenido al lado a Crispín y a Goliath. Hace tiempo, Alejandro Toledo, el que podría haber sido el responsable de trasponer el mito a la gran plantalla de plata, me decía que la personalidad del Capitán se definía como oposición a la de sus dos amigos. Y probablemente no le faltara razón. Porque, como los grandes héroes del pasado, el nuestro peca de perfección, y eso es algo a lo que todos aspiramos, pero que a la postre termina siendo un tanto insípido. Y para eso están sus dos compañeros, para echarle la sal al plato.

Goliath es la fidelidad, es la inocencia, pero también es la desmesura en todos los sentidos. Es la contrapartida cómica de Trueno, pero a un tiempo es quien hace posible que el trío pueda enfrentarse a ejércitos sin perecer en el intento. Su ansia por los placeres más mundanos, representados por el eterno muslito de vaca, le convirtieron en el español de a pie de la posguerra, el que carecía en muchas ocasiones de lo más elemental y que pasaba gran parte del día pensando en cómo procurarse la próxima comida. Goliath nos da una lección de amistad con cada mirada al Capitán, pone en práctica aquellos valores que Trueno sólo puede enseñarnos en teoría. No es casualidad que sea el personaje favorito de la inmensa mayoría de los lectores, Goliath es el compañero que cualquiera desearía.

Crispín, por su parte, es la juventud, es espejo de los miles de niños que han leído las aventuras en los últimos diez lustros. Encarna la admiración que despertó en todos nosotros Trueno, la camaradería que nos hubiera gustado compartir con Goliath y ¡qué demonios!, una camaradería que todos hemos experimentado a lo largo de nuestra vida. Es la imprudencia, la inexperiencia que Trueno y Goliath tenían que domar en todos nosotros. No es extraño que, durante los años de la infantilización de la serie, fuera Crispín quien acaparara mayor protagonismo. ¿Quién no hubiese deseado perderse por la zona pantanosa de Thule o encontrar a una dama en un lago? El Capitán, a través de sus enfrentamientos con Gengis Khan o el poderoso Saladino, fue nuestra introducción a la pasión de Mora por la historia. Y del mismo modo, las aventuras de Crispín en la última época del Extra fue la puerta al maravilloso mundo de la fantasía artúrica, otra de las pasiones de Víctor, y una referencia a su fascinación por El Príncipe Valiente.

Pero los protagonistas de El Capitán Trueno, al contrario que otros tebeos de la época, no acababan ahí. Víctor Mora supo plasmar su admiración por el sexo femenino creando a una de las heroínas más sensuales del cómic mundial. Sigrid no necesitaba enseñar nada para seducir, aunque con el advenimiento del destape tampoco tuvo pudor a la hora de aligerar ropa. Ambrós dio a la reina vikinga una cara angelical sin olvidarse del carácter, unas curvas voluptuosas y un eterno vestido con el que insinuarlas.

Sigrid ha sido la diosa de varias generaciones, fue la primera “sueca” que llegó a nuestras playas y, como ellas, se hizo con el corazón del españolito de a pie con un simple pestañeo. Pero, como decía antes, había mucho más detrás de esa fachada de maniquí. Mora la concibió a Sigrid como una reina justa y sabia, una luchadora feroz, una fierecilla que jamás logró ser domada, y a la que Trueno tampoco intentó arrebatar aquellos atributos que la hacían aun más deseable. Sigrid fue mi primer amor, y de la misma forma, el de muchos paisanos de generaciones anteriores y posteriores a la mía.

No puedo terminar de hacer este repaso por la serie sin hacer una referencia a otro de los grandes responsables de que El Capitán Trueno forme parte de la conciencia colectiva de un país tan diverso como el nuestro: sus enemigos. Víctor Mora supo darle a la serie una colección de grandes villanos para que los lectores pudiesen odiarlos sin tapujos, y probablemente ese fue su mayor acierto. Nombres como Kraffa (El Pulpo), Krisna o El Alacrán llevaron la maldad a un grando siempre mayor del esperado. Supieron torturar a los personajes con las herramientas clásicas del género, pero sin escatimar ese punto de novedad que nos hacía creer que, aunque nuestro héroe era invencible, el tirano de turno podía ser la horma de su zapato. Sólo la presión de la censura logró rebajar el nivel de los enemigos de Trueno, que no disminuyeron su maldad, sino más bien el objetivo hacia el que la dirigían. Creo que sería correcto afirmar que la infantilización de la colección no se debió a un cambio en los protagonistas, sino más bien en una transformación de los peligros a los que se enfrentaban. Esa fue, según algunos, la razón de su declive, pero según otros, la de su supervivencia durante los últimos años de los sesenta.

Pero no quiero prolongarme más. Si hubo un responsable de que El Capitán Trueno haya alcanzado el grado de mito, esos han sido sus seguidores, los que año tras año han leído sus aventuras, han soñado con ellas y han hecho suyos los valores de la serie. En este libro el protagonista no es el Capitán. Crispín y Goliath, a pesar de lo que pueda parecer el prólogo, no son los responsables de dar cuerpo al volumen que tienes entre las manos. Se han cambiado las tornas, hoy los lectores son quienes escriben. Hoy son sus historias quienes centran la atención. Léelas con cuidado, porque estás a punto de conocer la más maravillosa aventura del Capitán Trueno, su mayor conquista: el corazón de un pueblo.

Muchas gracias, Víctor y Ambrós. Muchas gracias Ángel, Francisco, Antonio, Luis, Jesús, Ricardo. Muchas gracias a todos los que habéis hecho posible que a lo largo de cincuenta años, los españoles hayamos disfrutado de un privilegio único. Muchas gracias por crear para nosotros al Capitán Trueno.

Alberto Alvarez-Perea
En San Fernando, a 27 de febrero de 2006.

9 Comments

  1. betiaran
    Posted 27 de marzo de 2006 at 11:44 am | Permalink

    Que bonito Alberto 😆 😆

  2. Posted 27 de marzo de 2006 at 12:34 pm | Permalink

    Estupendo prólogo para un libro en el que muchos truenófilos hemos aportado nuestro granito de arena. Enhorabuena a todos.

  3. José Antonio Ortega Anguiano
    Posted 28 de marzo de 2006 at 5:31 pm | Permalink

    Un magnífico prólogo: entrañable y bien escrito. Corazón y ciencia…

    Josantonio

  4. Jose Ramon Juan
    Posted 1 de abril de 2006 at 9:25 pm | Permalink

    Muy bonito Alberto. Te ha salido del alma.
    Jose Ramon Juan

  5. José Luis
    Posted 2 de abril de 2006 at 12:05 am | Permalink

    Magnífico prólogo, Alberto. Hermosa exposición en continente y contenido. Es un gran placer leerte. José Luis

  6. Juan Manuel
    Posted 2 de abril de 2006 at 7:21 pm | Permalink

    Un excelente prólogo que invita, como debe ser, a seguir leyendo aquello que está prologando.

  7. OSCAR
    Posted 21 de junio de 2006 at 12:47 pm | Permalink

    MUY CHULO! Cuándo sale?

  8. averroes
    Posted 12 de diciembre de 2006 at 11:02 pm | Permalink

    Fantastico arrollador estupendo maravilloso me dio una infa ncia sin igual, gratificante saber que hay tanta gente identificada com este monstruo del comic

  9. José Antonio
    Posted 19 de diciembre de 2006 at 11:41 am | Permalink

    Tal y como se hizo hace algunos años, en que ediciones B reeditó los 618 cuadernillos apaisados de El Capitán Trueno, pienso que podría ser interesante la reedición del Capitán Trueno Extra. Seguro que sería un gran éxito de venta. A ver si entre todos podemos animar a los responsables de dicha reedición y pronto podemos ver a estos personajes en los kioscos y demás puntos de venta.

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