El fracaso de la sanidad española

Al leer los sucesos acaecidos el pasado día 2 en Algarinejo no puedo dejar de preguntarme si la culpa no la tenemos todos. Un anciano, en un ataque de desesperación, valentía y compasión, ahorca a su mujer enferma para ahorrarle sufrimientos y posteriormente se suicida. Los vecinos afirman que era un esposo amante, que hasta ahora había cuidado de la salud de su esposa, y se descarta que sea un caso de violencia doméstica.

Lo primero que uno piensa ante un caso como éste son las razones que pueden empujar a una persona a matar a su pareja. Probablemente, si este señor hubiera tenido a su disposición unos cuidados geriátricos óptimos, bien en forma de residencia, bien como asistencia domiciliaria, nunca habríamos llegado a esta situación, que se puede calificar como fracaso de nuestro sistema sanitario.

Es obvio que nuestro sistema asistencial, a pesar de ser uno de los mejores del mundo, tiene importantes carencias y que éstas se deben, mayormente, a factores económicos. No hay dinero para contratar más médicos, no lo hay para mejorar los hospitales… pero probablemente donde más se deja notar esta falta de presupuesto es en la geriatría. Hacen falta residencias, se necesitan programas de cuidados ambulatorios y domiciliarios, y sobre todo existe una carestía de concienciación social ante la realidad de la tercera edad española (no sólo entre los jóvenes, sino también en los propios ancianos).

Algunos dirán que si no hay dinero, poco se puede hacer. Sin embargo, yo soy de la opinión de que con los presupuestos estatales se podría abarcar mucho más de lo que se hace actualmente. Tan sólo haría falta administrar correctamente los recursos de los que disponemos.

Estamos acostumbrados a ver la sala de espera de urgencias atestadas, pero ¿cuántos de los que están allí sentados tienen razones reales para estarlo? ¿Cuántos millones perdemos anualmente en bajas laborales fraudulentas? ¿Estaría la atención primaria tan atestada si sólo acudiese al médico quien realmente tiene un problema? También sería interesante averiguar cuántos de los jubilados que compran fármacos con recetas rojas, realmente no pueden pagar ese medicamento, y los familiares que se benefician de los descuentos de los jubilados.

En resumen, falta una actitud social ante el problema. Las campañas publicitarias y políticas han demostrado no ser eficientes, o al menos no suficientemente. Quizás habría que hacer caso a quienes proponen medidas más radicales, como el envío de una factura informativa a todo aquel que recibe una atención sanitaria, o el cobro de un euro por cada receta roja.

Sea como sea, tenemos que darnos cuenta de que, como Hacienda, los recursos asistenciales son de todos, y que cuando abusamos de ellos, siempre hay otros que pagan. Como, por ejemplo, el matrimonio de Algarinejo, que ya no costará ni un duro más a las arcas del estado, ¿pero a qué precio?

Alberto Alvarez-Perea

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