Gobernar desde el púlpito

Hoy he ido a Misa. “Craso error”, han argumentado varios. A veces apetece hacerlo. Gracias a mis padres he tenido una educación católica, y eso cala. La anécdota, en realidad, no es mi asistencia a la Eucaristía, sino más bien mi salida de ésta. Me explico: La cosa ha empezado como siempre, reconociendo nuestros pecados (pero sin rezar el “Yo, confieso”), se ha procedido con la lectura del AT (que era como abreviaba Antiguo Testamento en los apuntes de Religión), el Salmo, la carta de San Pablo a los nosécuántos, y el Evangelio. Y luego llegó la homilía, en negrita: homilía.

Al llegar a ese punto (y aparte) comenzó mi confusión: ¿estaba en una iglesia o en un mitin político? Obviamente, yo esperaba que se hablase de las clases de religión, de adopciones y de homosexuales conviviendo (estos temas, los trataré cuando convenga, pero hoy no hay lugar). Lo que no esperaba eran perlas como “vivimos en un estado aconfesional, afortunadamente, pero la Iglesia debe tener más peso en el gobierno”, “todo lo bueno que se había filtrado de los Evangelios a la sociedad lo quieren ahora borrar de un plumazo”, “los católicos no pedimos privilegios, sino derechos, obligaciones que el Gobierno tiene hacia nosotros por ser mayoría”… pero lo ha rematado cuando ha dicho “no sé por qué se pretende tener gestos hacia todas las religiones que no sean la Católica, cuando al menos nosotros no estamos en el s. XVI como otras”.

No pienso entrar en apreciaciones sobre la existencia de indiscutibles privilegios hacia nosotros, los católicos, pero sí que me gustaría explicar exactamente por qué he abandonado la Misa justo al finalizar la Eucaristía: las iglesias son lugares de oración, y el púlpito centro de predicación, no de oposición política. Si cada uno está en su lugar, no hay problemas, ni crispación Iglesia-Estado. Ha quedado demostrado, una vez más, que aquí el problema lo tiene el clero, y no los gobernantes.

Finalmente, me gustaría apuntar que, en mi humilde opinión, la Iglesia (que debería ser ejemplo de eso, de humildad) haría bien en avergonzarse de su siglo XVI, evitando mofarse de las religiones que están incurriendo en el mismo error que ellos. Una vez más, caemos en el estúpido orgullo de “todos los demás están equivocados y nosotros somos perfectos”, causa de muchos de los males de esta pobre Iglesia nuestra.

Como he dicho, mi educación ha sido católica y me considero miembro de la Iglesia, con sus más y sus menos. Pero en ocasiones como hoy me avergüenzo de serlo.

Parece mentira que haya personas que sepan tanta teología, pero tan poca religión.

Alberto Alvarez-Perea

2 Comments

  1. PACO NAJERA
    Posted 4 de octubre de 2004 at 2:02 am | Permalink

    Yo no puedo opinar como catolico porque si bien lo soy nominalmente en la practica no es asi. Ni ganas. Creo que incluso desde una perspectiva religiosa es normal, y asi lo señalas en tu escrito, que te sientas incomodo con las predicas politicas desde el pulpito. Mas o menos explicitamente siempre se ha hecho. Y siempre la iglesia ha reaccionado en cuanto ha visto que se le toca alguno de sus muchos privilegios. Aunque sea timidamente como es el caso. Hace un par de dias no se que obispo decia que seria normal que los creyentes defendieran “sus derechos” en la calle. Pues eso.

  2. José Antonio Ortega Anguiano
    Posted 4 de octubre de 2004 at 10:17 am | Permalink

    Como persona no creyente, pienso que este hecho puntual responde tal cual a una postura que la Iglesia ha tenido desde mucho antes de los tiempos del Emperador Constantino: estar en el caldo y en las tajadas del poder. Si ahora no lo está, es porque afortunadamente todos los estados se han rebelado contra un abuso manifiesto que la ha relegado al lugar de donde nunca debió salir.
    Este afan de poder y de acaparar territorios es lo que ha dado origen a tantos males que ahora serían muy largos de enumerar y que están en la mente de todos. Por mi parte, una vez que la Iglesia está en su sitio, no hay el menor problema para se digan cosas como esa desde el púlpito. Estamos en un país libre y cada cual en su casa puede decir lo que quiera. Lo malo es que por tener ese poder se pase a mayores provocando o apuntándose a guerras para que otros, usando su vida como moneda de cambio, le resuelvan la papeleta.

    Josantonio

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